Aquel
hombre se hallaba sentado en una de las mesas del exterior de un bar
cualquiera, tomándose un café y saboreando el humo de un cigarro,
mientras pensaba en las cosas de su vida diaria.
De
repente aparece una señora bien vestida y aseada, de unos 40 años,
a la que se notaba le gustaba cuidarse, y que el hombre había visto
en varias ocasiones por el mismo bar sin haberle prestado, como en
esta ocasión, atención preferente.
La
señora pide un café y se sienta en la mesa contigua a la del aquel
hombre pensativo, y al igual que él, saca un cigarro con la
intención de fumárselo pero no encuentra el encendedor, decidiendo
acercarse al hombre y pedirle fuego, quien amablemente le deja su
mechero para que hiciera uso del mismo.
Pasan
varios minutos, en los que cada uno tiene la vista y mente en sus
propias divagaciones, cuando de repente la señora comenta en voz
alta:
“Que
hijo de puta es” quejose ella.
“Perdón
señora” espetó aquel hombre, que no esperaba que ella hablara.
“Nada,
nada, me ha salido en voz alta”, respondió la señora.
Aquel
hombre no le da importancia al asunto que le acababa de ocurrir y
vuelve con sus pensamientos cuando, sin haber pasado un minuto
aproximadamente, la señora vuelve a quejarse:
“Por
qué este tío tiene que ser tan hijo de puta” replica.
El
hombre, que en esta ocasión escucha perfectamente el lamento de
aquella señora, vuelve a preguntar:
“¿Señora,
le ocurre algo o es que me lo dice a mi?” manifiesta aquel hombre
algo perplejo por lo que pasa.
“Lo
siento, es que no puedo más” responde aquella señora, cuyo dolor
interior debía ser insoportable a juzgar por la forma de hablar.
“Pues
si le puedo ayudar en algo que no sea mucho pedir, dígamelo”, es
lo único que a él le sale de su boca.
“Es
que me acabo de separar y mi marido está haciendo todo lo posible
por poner a mis hijos en contra mía”, murmulla ella, para rematar
diciendo “Yo quiero mucho a mis hijos aunque no quiera saber nada
del tipo ese”.
Este
hombre, algo turbado por todo lo que acontece y por su forma de ser,
tan solo es capaz de confirmar lo dicho por aquella mujer maltrecha,
comentándole que -“pues si que debe ser un hijo de puta”-,
aunque con el cuidado de no saber realmente que es lo ocurrido en el
matrimonio y cuales eran las causas de tal despropósito de pareja.
“¿Tiene
usted hijos?”, quiere saber la señora, como si pareciera algo
aliviada por poder charlar con alguien, quizás más aliviada si cabe
por ser un desconocido y no tener que despojarse ante familiares o
amistades.
“Pues
tengo dos hijas ya grandecitas”, asevera el hombre, al que se le
nota el orgullo de su respuesta.
“Me
va a perdonar,pero he quedado con alguien”, manifiesta él, pues no
se siente con ganas de escuchar nada problemático, aunque lo halla
hecho en muchas ocasiones...
….
continuará
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